A veces la vida se parece mucho a una ruta de senderismo.
Empiezas con ilusión, luego llegan las cuestas, el cansancio, el frío, y justo cuando piensas que no puedes más… el paisaje cambia.
Así fue mi experiencia en la ruta de La Pedrosa, un lugar mágico cubierto de hojas doradas, musgo y árboles que parecen guardar historias antiguas.
🌲 Entre colores y cenizas
Durante el trayecto atravesamos zonas hermosas, pero también partes que dolían ver: montes completamente calcinados por los incendios del verano.
Caminar entre la ceniza me hizo pensar en cuántas veces he pasado por momentos así, quemados, vacíos, donde parece que nada puede volver a florecer.
Y sin embargo, después de ese tramo negro, la naturaleza volvió a mostrarse viva, con sus tonos ocres, amarillos y dorados.
Fue un recordatorio silencioso de que la vida siempre encuentra la forma de renacer.
❄️ Frío, niebla y silencio
A lo largo de la ruta la temperatura bajó a 5 °C.
La niebla nos envolvía y apenas se veía a unos metros. Aun así, sentí algo profundo: ese silencio natural que no asusta, sino que calma.
Comí mi bocadillo sobre una roca con una de las vistas más bonitas que he tenido —y pensé: esto es vivir ligera.
Las excusas que me frenaban
Durante años me negué a hacer rutas de senderismo aunque me encantaban.
Siempre tenía una excusa:
“No tengo coche.”
“No conozco a nadie.”
“Y si no me gusta la gente.”
“No tengo dinero.”
Hasta que un día entendí que eran mis propias excusas las que me frenaban.
Tomé el móvil, busqué grupos de senderismo en Instagram y me apunté.
Coste total: 50 €.
Resultado: una tarde de conexión, una conversación inesperada con alguien amable y el recordatorio de que la vida se disfruta más cuando dejamos de ponernos obstáculos.
“Lo que me enseñó esta ruta”
Caminar por La Pedrosa fue mucho más que hacer una ruta:
fue atravesar mis propias resistencias y comprobar que siempre hay belleza después del miedo.
A veces solo necesitamos dar el primer paso —aunque tiemble el suelo bajo nuestros pies.

